A pesar del trato rudo que le ha dado la vida a doña Teresa Rodríguez, ella se caracteriza por ser una mujer jovial y de buen ánimo. Doña Tere, como la conocen sus vecinas, tiene ochenta y seis años y es oriunda de Santa Gertrudis, Zacatecas. Fue la cuarta de seis hijos que conformaban la familia Rodríguez Cervantes.
Doña Tere, dice no recordar nada de su infancia hasta la edad de ocho años, cuando se trasladó a Mazapil para vivir en calidad de préstamo con un tío materno y su esposa. Aunque ahí permaneció sólo dos años, ya que al morir su padre, el tío se vio en la necesidad de hacerse cargo de la hermana viuda y sus sobrinos, por lo que se trasladaron a Santa Gertrudis.
Su boca hace un movimiento ligero y deja ver una sonrisa desdentada cuando comenta que fue hasta los doce años cuando ingresó a la primaria. Recuerda que a veces se preocupaba por tomar nota de las tareas haciendo uso de un pizarrín y un trozo de carboncillo, sin embargo, en ese tiempo su prioridad eran los juegos “Jugar al balón” como ella lo llama; “Si no aprendí nada” dice y suelta una carcajada que le exprime sus ojos grises hasta dejarle escurrir un par de lagrimas de cada lado.
No pasó mucho tiempo desde su ingreso a la vida escolar para que combinara los juegos con otras actividades menos pueriles para su época: los bailes. Fue precisamente en un evento de esos donde conoció a su primer esposo, dice haberse casado con él bajo amenazas al mes de haberlo visto por primera vez. Y como si pronunciar el nombre de aquél hombre fuera un conjuro para levantarlo de su tumba, se niega a repetirlo. Fueron once meses de abuso que la llevaron al hartazgo y a tomar la decisión de escaparse.
A los dieciocho años, doña Tere, se encontraba de nuevo en casa de su madre, ahora con la pena de haber perdido a su primer hijo a consecuencia de las golpizas. Al poco tiempo de haber regresado, ella y su familia se trasladaron en busca de trabajo a un poblado llamado Agua Chiquita. Ahí conoció a un joven minero de nombre Agustín Anguiano, quien luego de un tiempo de tratarla tuvo el temple para robársela “como si fuera una muchacha todavía” dice, pues el contexto de la época no daba crédito a un hecho como ése.
Sin embargo, es hasta la edad de veinte años cuando logran establecerse como una familia, pues durante una temporada estuvieron separados porque ella fue enviada a Monterrey a trabajar y él se trasladó a Mazapil por el mismo motivo. Una vez juntos, de ahí en adelante su vida fue dedicarse al hogar y al cuidado de los hijos.
Cuando se le pregunta sobre cómo ha sido la vida al lado de don Agustín, ella inclina su cabeza cana y recoge sus manos gruesas sobre su regazo; con él ha aprendido que perdonar es divino, que el resentimiento, el rencor, es en detrimento de uno mismo y que más allá de lo que cualquiera pueda hacer existe el juicio que dará a cada quién lo suyo.
De los sesenta y seis años que lleva con él, comenta que sólo los dos primeros fueron los mejores. Aunque el resto de los años se rescatan porque con él procreó diez hijos, de los que sólo sobreviven tres, pero que le han servido para llenarse de nietos y bisnietos que le dan alegría a su vejez y le permiten creer que nada ha sido en vano.